Pueblo Raro, País Violado.

Opinión

Por Karina García

Generalizando y siendo injusta con muchos, diría que los argentinos hemos sido un pueblo raro. Por ejemplo, en el plano individual podemos tener una solidaridad extrema. Dar muchísimo por familiares, amigos y vecinos, tener actos cuasi heroicos por desconocidos, encubrir a compañeros de trabajo para no ser un “buchón” y hasta cometer delitos en beneficio del amigo.

¿Quién puede negar que Ginés sea un tipo solidario? Si yo tuviera un amigo que necesita la vacuna antitetánica porque se lastimó con un alambre oxidado limpiando el patio, lo subo a mi auto, lo llevo a la primer farmacia, meto la mano en mi billetera y le hago dar allí mismo la vacuna.

Pero ocurre que Ginés era ministro, que la vacuna contra el Covid 19 no está en las farmacias, que él tenia la disponibilidad de ellas, que también tenía algunos amigos que la necesitaban, que estos amigos no estaban en los listados de prioridades y que la billetera que las pagó era ajena. En fin, unos detalles de su acto de solidaridad que le costó el cargo en el día (en el día en que se supo).

Sin embargo, nuestra característica solidaridad se nos dificulta llamativamente en el plano colectivo, para con nosotros mismos como pueblo o nación. Aquí patinamos feo.

El Estado que representa al pueblo y administra su patrimonio (nuestro patrimonio) no nos parece nuestro. Es como algo de otro, o peor, de nadie.

A ninguno de nuestros funcionarios beneméritos del progresismo Nac and Pop, que ganan un sueldo considerable, se les ocurriría tomar diez empleados en su casa y darles de salario a cada uno el 10% de su propio sueldo porque, obviamente, gastaría todos sus ingresos en empleados y nada le quedaría para otras cosas que también necesita. Pero esos mismos muchachos administrando áreas del Estado, no tienen ningún problema en llenarlas de empleados. Así administran dos patrimonios de un modo muy distinto y, con ello, demuestran que sólo uno les importa. El propio porque al del Estado, evidentemente, lo sienten de nadie.

Y así, por sentir en gran medida al Estado como algo de nadie, hemos tolerado, especialmente según el lado de la grieta en el que hayamos caído, que sea objeto de robos y saqueos diversos, que se lo hipoteque gravemente llenándolo de empleados públicos como seguro de desempleo de la clientela política, que se lo administre en fraude en cuanta área extienda sus tentáculos o, entre tantas otras cosas, que se tomen medidas demagógicas que sólo implican un alivio pasajero y que resultan nefastas para la economía, la producción y el trabajo en el mediano y largo plazo. Mientras tanto hemos aplaudido cada una de esas medidas brillantes para sentirnos mejor hoy, como si el mañana no fuera a venir nunca.

Por ejemplo, haciendo un poco de memoria, nos hemos bancado devaluaciones de la moneda del 300% por no aceptar un ajuste varias veces inferior de los gastos del sector público y eyectado en tan sólo 17 días de gestión al ministro de economía que lo propuso. No aprendimos ahí que lo que no se hace por las buenas, se termina pagando por las malas muchas veces más.

Hasta hemos demonizado palabras como “el ajuste” cuando lo diabólico son “los desajustes” que provocaron los excesivos gastos públicos de los gobiernos. Esto siempre terminó mal (inflación descontrolada, economía paralizada, mayor pobreza y desempleo).

A pesar de lo cíclico de estas crisis por las mismas causas, que se repiten desde que tengo memoria, no hemos logrado aprender de esas lecciones.

Definitivamente somos un pueblo raro, al menos amnésico.

Con una suerte de pensamiento mágico, hemos esperado que nos llegue lo bueno por hacer las mismas cosas malas de siempre.

Aplaudíamos el crecimiento desmesurado del gasto público de Cristina Fernández que, en paralelo, se correspondía con el incremento del déficit fiscal.

De modo insano, parcialmente conscientes de lo autodestructivo, mirando el presente y atajándonos de nuestro futuro sombrío, la gente votaba a Cristina para que siga la fiesta pero compraba dólares por si se terminaba. Y obviamente no se puede vivir de fiesta siempre y vino el cepo cambiario junto a la parálisis económica.

Luego, con Macri aplaudimos salir del cepo pero lo insultamos por su gradualista ajuste tarifario y por la toma de deuda al mismo tiempo, como si el gasto público descomunal que dejó Cristina pudiera seguir indefinidamente sin ajustarse a los ingresos o sin tomar deuda o sin emisión monetaria. Pero no nos gustaban ninguna de las tres alternativas y nuevamente el pensamiento mágico se pretendía imponer a lo racional. Macri siguió con un kirchnerismo de buenos modales por no animarse a hacerle honor al nombre del frente que lo llevó al poder y, así, con una crisis tremenda, vino el triunfo de Alberto Fernández. Y seguimos.

La rareza fundamental radica en que, como pueblo, nos hemos ilusionado y depositado nuestras expectativas de bienestar en nuestros propios victimarios. Los “violadores” del país que, una y otra vez, practican la rufianería política prometiendo el bienestar general sin mediar esfuerzo para poder explotar una y otra vez las ventajas del poder que se les confía en la idea que harán algo bueno con lo malo que anuncian.

Sin embargo hoy se ve una luz de esperanza en nuestro país de sombras.

Espert y Rosales

Tal vez para compensar rarezas, ahora las plazas y salones de las ciudades del país las llenan con su prédica dos economistas y un periodista que abrieron la posibilidad de un cambio cultural. Detrás de esa posibilidad, cada día se suma más gente con la convicción de torcer la historia de fracasos, en búsqueda del voto en defensa propia o en solidaridad con nosotros mismos para evitar la africanización de esta nación que puede volver a ser próspera. Allí, entre todos ellos, me encuentro yo.

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