La Historia de la Cocina – Galletitas de la Srta. Simons

Cocinando con Historia Destacada

Conociendo mi interés por saber de lugares nuevos, cuando aún era estudiante de secundaria, mi tío Carlos me invito a viajar a un lugar que “estaba detenido en el tiempo”.

Sabiendo que ante un proyecto tal, no me negaría, un sábado muy temprano me subí a una rastrojera que había conocido años mejores y cuya preciosa carga consistía en grandes atados de lana de oveja.

Ni quieran saber el olor que tenía eso!

Aunque claro, el cuerpo humano posee tan sorprendente capacidad de adaptación que unos cuantos kilómetros después, ya era más soportable.

A pesar de insistir en que me dijera el destino de este viaje, nunca obtuve certeza.

Y entre charlas y anécdotas de amigos de la familia y otros que no conocía, el lento viaje fue transcurriendo.

La pobre camioneta no superaba los 80 km por hora! Algo normal para aquella época, donde pareciera a la distancia que el apuro por llegar no era factor de la ecuación.

Los viejos carteles verdes al costado de la ruta, indicaban que llegábamos a Guatraché, pueblo con aires de ciudad, de la Provincia de La Pampa.

Creí que habíamos llegado, pero solo fue una parada para cargar más combustible.

Pasamos el caserío, y tomamos un ancho camino de tierra.

El paisaje era desolador… amplias extensiones de tierras, con escasa vegetación. Arbustos diseminados en grupos se erguían como desafiando a la hostilidad de una pampa, para nada húmeda.

El ruido de la chata era lo único que rompía la monotonía de un lugar, donde parecía, que se ausentaba la vida… porque en todos esos km, ni un solo pájaro o animal alguno habíamos cruzado.

Sin embargo, a la vuelta de una curva, un postizo de troncos de madera, dio la bienvenida a un lugar que, tal cual la promesa, escapaba al tiempo…

Carromatos, balancines, eran conducidos por hombres de aspecto gris, vistiendo camisas y jardineros de una tela gruesa, y mujeres que ocultaban su cara debajo de mucha ropa… vestidos y pañuelos….

Mi asombro era contundente.

Había llegado a la colonia Menonita…

Al seguir por el camino, se divisaban parcelas muy bien diseñadas con verdes hojas que saludaban al cielo, corrales con cabras… cerdos… y alguna vaca, todos juntos, sin separarse uno de otros.

Y casas largas, pintadas de blanco… con pequeñas ventanas verdes, del mismo color que el techo… y siempre atrás, un gran galpón… con gigantes puertas.

No había ruido.

Ni gritos de chicos, ni música.

Si hasta los animales parecían haberse contagiado de esa lentitud… que apabullaba.

Sorprendido llegamos a una de las moradas.

Aun sin golpear, salió quien seguro la habitaba, con cara de…nada? Ningún gesto o sorpresa se reflejaba en su mirada…

Aunque sí la había en los muchos que nos espiaban de dentro de las casa.

Mi tío y el extraño se saludaron con cierta familiaridad y me presentó. (Quizás mi poca edad no fue suficiente para que perdiera tiempo en dirigirse a mí, y solo me ignoro.)

Presto el cliente, se acercó a la carga que transportábamos y tomando un pequeño ejido, lo separo con sus dedos.

Fue la primera vez que un atisbo de sonrisa se reflejó en él.

Luego de esto y en forma sincronizada, varios jóvenes, exactamente iguales entre ellos, y vestidos de igual forma, se apresuraron en a realizar la descarga.

Supervisado esto, fuimos al interior de la casa.

Blancas paredes, muebles rústicos de madera, sin ninguna clase de decoración, ni efectos personales… nada…. Un lugar completamente estéril…

Con prestancia, las mujeres nos acercaron unas increíbles sillas junto a una mesa, demasiado pequeña para tanta familia… y luego de cerrar el negocio pertinente, nos convidaron un exquisito té de hierbas y unas maravillosas y coloridas galletas esponjadas… que parecían traídas de la más selecta confitería parisina.

En ese momento José Pablo, tal el nombre del sujeto, comenzó a contar quiénes eran…

“Somos un pueblo diferente, con valores muy estrictos basados en la palabra de Dios escrita en la Biblia. No comulgamos con la modernidad, creemos en el trabajo, la unión de la familia, la vida simple y por sobre todo el amor a los enemigos”

“no tenemos mucho… pero lo poco es hecho por nuestras manos… vestimos igual…porque todos somos iguales…”

Sin dejar la sorpresa de lado, engullí rápidamente todas las galletitas… no era educado como ahora!

Las mismas fueron repuestas inmediatamente por parte de la mujer joven, que nunca nos miró a la cara, ni dijo una palabra…

“las tortitas que les ofrecemos, es la muestra de paz que le damos a todos los que nos visitan… si bien las visitas son nuestros vecinos casi siempre”…siguió acotando…

La misma receta, se hizo desde el principio…

Los Menonitas son un grupo religioso y étnico que tuvo su origen en 1525 en Zurich (Suiza), cuya doctrina se basa en la biblia como palabra de Dios. Son seguidores de las creencias de Menno Simons, un líder pacifista del movimiento anabaptista durante la Reforma Protestante.

De costumbres arraigadas, cocina simple y gustosa, en su mayoría obtenida con sus propias manos, sobreviven a la actualidad, comerciando artículos de calidad, siendo los más solicitados, muebles artesanales en madera, quesos, dulces, y confituras

Narran que al separarse las diferentes líneas de la reforma, las agresiones eran constantes… aun entre la familia, las disputas por dinero, e ideologías socavaban la paz.

Cathlin Simons, hermana del líder, comenzó a realizar unas deliciosas galletitas en forma variada que ofrecía como cortesía a todo aquel que se acercara, visitara o hasta saludara.

Galletitas Menonitas

“Las acciones buenas, traen cosas buenas…”, solía recitar.

“El amor se transmite de muchas formas… algunos firman tratados de paz… otros cocinamos.” Era otra de sus citas favoritas.

Muchos años pasaron desde aquella visita. A pesar de lo sorpresivo de su estilo de vida, y mi promesa de volver a ese lugar… nunca ocurrió.

Hoy caminaba por las calles céntricas de Bahía, y a mitad de cuadra, un grupo de hombres y mujeres, ataviados tal cual mis recuerdos, hicieron que recordara ese tan maravillado viaje.

Me acerque con cautela y los salude. Sus rostros inexpresivos no denotaban ningún atisbo de sorpresa… quizás están acostumbrados a ser motivo de curiosidad.

Les conté en forma apresurada cuando fui a visitarlos… y les pedí casi sin respirar la receta de las galletas de Bienvenida de la Srta. Simons…

Sonrieron, y con un susurro y sin levantar la mirada del piso, una de las mujeres me la dio.

Les agradecí y solo con una inclinación de cabeza, se marcharon…

Supongo que les habrá sorprendido mi pedido…quizás sea la forma que tienen de compartir esa receta… quizás todo se va modernizando.

O solo quizás, es otra forma de amor…

Galletitas de los Menonitas

  • 4 tazas de harina
  • 1 taza de manteca
  • 1 y cuarto taza de azúcar
  • 2 huevos
  • 2 tazas de crema
  • Ralladura de un cítrico
  • 1 cucharadita de bicarbonato

Preparación

  1. Mezclamos la harina, bicarbonato y azúcar mezclando muy bien.
  2. Le agregamos la manteca y los huevos. Unimos.
  3. Por último la ralladura y la crema.
  4. Amasamos hasta obtener una masa suave.
  5. La estiramos y cortamos formas… las que quieran…
  6. Las llevamos a un horno de temperatura media alta… hasta que estén doraditas.

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